La moral del Siglo XXI es una zorra mal pagada.
Se supone que para convivir en sociedad y para “llevarnos todos bien” deben de existir reglas explicitas, como las leyes o las normas, que deben de cumplirse al pie de la letra, si esto no ocurre, entonces nos vemos merecedores de castigos que pueden ir de pagar un valor monetario, hasta pagar con el goce de la libertad de uno mismo; pero también existen las reglas y normas implícitas, las cuales no están escritas en ningún lado y las cuales se supone todos nos sabemos de memoria y cumplimos sin saber por que; dichas reglas implícitas son nada mas y nada menos el sentido común.
La cosa se vuelve fea cuando nos atrevemos a preguntarle de la moral a cualquier ignorante mediocre que se jacta de ser universitario pero se deleita en decir que alimenta su intelecto leyendo “Condorito” o a cualquier mocoso menor de 20 años los cuales no tiene ni la mas mínima idea de lo que son los valores y los cuales basan sus sistemas de creencias en programas de TV donde salen taradas anoréxicas presumiendo con cuantos han andado de putas o la película taquillera de la temporada que nos justifica que el ser libre es equivalente a joderte a ti mismo al mismo nivel que jodes al prójimo.
Es así como llegamos a presenciar degeneres culturales tales como las ya muy famosas guerras Americanas, donde los malosos son todos aquellos que no le besen las bolas grasientas y apestosas a un Gringo hijo-de-puta, o la ya muy gastada idea de que deben dárseles derechos especiales a todo mundo que no sea “normal” pero que añoran ser tratados como la media, sin darse cuenta que sus actitudes o capacidades los sitúan como anormalidades.
Tal es el caso de los gays, los cuales hacen circo, maroma y teatro para que se les reconozca como una comunidad que debe ser tratada como a todo el mundo y no deberían ser discriminados, abanderando la idea de la tolerancia y la diversidad, cuando la mayoría de ellos no son nada mas que una bola de hipócritas que se la viven discriminando a los demás, jactándose de los heterosexuales, de las mujeres y de ellos mismos, alimentando los clichés para después quejarse de las etiquetas de las que son presas.
Son tan patéticos que odian la imagen del joto o la marica y llegan a ofenderse si uno los llama de esa manera prefiriendo el apodo de “gay”, pero que asumen como un rol a seguir, sintiéndose obligados a llevar a cabo ciertas actitudes en su forma de vestir, de actuar e incluso de hablar para ser diferenciados de los demás, comportándose obviamente de una manera afeminada y/o amanerada.
Otra clara confusión en el aspecto moral de estos días lo padecemos las personas que somos sinceras y honestas, ya que por ser asertivos y llamarle por su nombre a las cosas, se nos tachas de groseros o antisociales, cuando debería ser una regla para todas las personas el dejar de mentir y de ser hipócritas exigiendo lo que ese necesita, repudiando lo que se detesta, expresando efectivamente lo que uno siente y tomando acciones que realmente valgan la pena, cuando sea necesario hacerlo.
Llamar hijo de Prostituta al hijo de puta, solo por que es políticamente mas correcto nos da solamente le pone una mascara elegante a la situación sin cambiar nada en realidad.
Eso de ser políticamente correcto es un vicio que debería ser exterminado, ya que no tiene ninguna importancia el ponerle sinónimos bonitos y con palabras rimbombantes a personas, situaciones o cosas, con el fin de hacer alarde de un respeto que en realidad no se practica.
El llamarle a un ciego “invidente” no causa ninguna diferencia si yo sigo sin ayudarle a cruzar la calle al pobre diablo ese y lo veo esperar 3 horas hasta que ya no oye ningún camión y se atreve a cruzar, solo para ser atropellado por un estupido en bicicleta. Tampoco es gran diferencia llamar “enfermo mental” a un desgraciado pervertido si el mal-nacido es un pedofilo que viola niños por el simple hecho de que puede por ser mas grande y fuerte.
El problema de las etiquetas surgen como medida de parche en los países mas desarrollados, causando caos y conflicto en los país mas subdesarrollados. El hecho de cambiarle el nombre a las cosas nunca resolverá el hecho de lo prejuiciosa, conflictiva y enferma que pueden llegar a ser las personas.
Las etiquetas en los colores y nacionalidades y otro tipo de estereotipos, nos pueden llevar que en la sociedad se formen extremistas ridículos y peligrosos. En los países de Latinoamérica donde apenas esta entrando la cultura de tolerancia “Pop” a través de la influencia gringa no se puede ver tanto este fenómeno, mas es curioso ver que en estados unidos llega a ser ridículo como una persona por resaltar su influencia cultural, su color de piel o su lugar de origen. Esto crea una muralla de estiércol al exterior, una muralla mental de pus y mierda que supera a la tangible muralla china, y combinada con la ignorancia técnica y el fanatismo se torna en una mezcla peligrosa de trino-tolueno de diversidad cultural.